Fusil y culebron
by Ricardo Dubin
Ellos seguían con la Cenicienta y ella sentía odio. Vivía en un barrio pobre de Lima, adoraba las telenovelas pero nunca le pasaba nada semejante. Ellos dijeron que el mundo podía ser distinto y que los burgueses eran despreciables, cosa que sabía en carne propia.
Creyó que vistiendo uniforme podía pasarle algo, como a su hermano que era policía, y fue a la sierra como la Cenicienta al baile del príncipe. Tal vez no sabía que luchaba por un mundo en el que todas pudieran ser princesas.
Llegó la orden de ocupar la embajada. Entraron con la velocidad de un rayo, movimientos calculados, y tomaron a medio centenar de rehenes. Los tipos estaban en una fiesta como las de las telenovelas.
En un cuarto había un televisor y a las cinco de la tarde lo encendía para ver como el patrón se enamoraba de la mucama. La luz de la pantalla se reflejaba en su cuerpo uniformado, abrazada al fusil.
La patrona encaró a la sirvienta. La amenazó con echarla si no dejaba de entrometerse entre el señorito y su felicidad. Esa vieja de mierda iba a morir, porque así son los culebrones, y ella iba a ocupar su lugar. Tal vez hubiera una escena cómica cuando la mucama vestida de señora bajara por las escaleras de la mansión. De todos modos se le cayeron unas lágrimas.
Una puerta se abrió en el momento menos oportuno. Eran soldados que no estaban dispuestos a darle tiempo a reaccionar. Uno le disparó en la rente y el otro buscó más guerrilleros en el cuarto. No había nadie. Miraron el patio por la ventana. Se oían detonaciones que bajaban por los pasillos y gritos. Uno de los milicos apagó la televisión.